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| Cocido. Peor que un tripi. |
Un cocido de verduras y pringue hace las veces de
esquizofrenia. Su digestión más bien. Los cardos, las habicholillas, las
zanahorias las he apartado a los bordes de la vajilla de siempre. No habrá, por
ende, combustión lisérgica entre los ácidos estomacales, más rurales, de tierra
para aplacar las plaquetas que están de fiesta. De fondo suena Death Cab for
Cutie. Leo blogs de letras blancas y fondo negro, todo mezclado, el corazón de
tres cafés, el blanco y el negro, el reloj, mis ojos cansados por el contraste,
mientras apuro la decisión de llamar o no a un amigo homosexual: no quiero que
se enamore de mí, aunque es muy muy muy complicado. La Trilogía de Nueva York,
producto de la cita, su devolución diez años después, decidirá. También
decidirá la digestión pesada si lo echo a la calle. Me llama él. No me apetece
nada trivializar. Y a este maricón le hace falta una mojada, de agua, llueve, a
ver si espabila, tanto semen.
Transcurre un minuto
insoportable.
No le ha gustado el libro. No lo ha leído. Los gays no
tienen tiempo para leer. Le he sugerido sibilinamente recoger sus pasitos por
la escalera. Soy un experto: -Me apetece estar solo -le he dicho-. ¿Lo coges? -haciendo
el gesto del pulgar y el índice estirados, moviendo la muñeca. ¿Lo coges?- le
he vuelto a repetir.
Portazo.
Portazo.

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