domingo, 14 de noviembre de 2010

Digestión tardía


Cocido. Peor que un tripi.

Un cocido de verduras y pringue hace las veces de esquizofrenia. Su digestión más bien. Los cardos, las habicholillas, las zanahorias las he apartado a los bordes de la vajilla de siempre. No habrá, por ende, combustión lisérgica entre los ácidos estomacales, más rurales, de tierra para aplacar las plaquetas que están de fiesta. De fondo suena Death Cab for Cutie. Leo blogs de letras blancas y fondo negro, todo mezclado, el corazón de tres cafés, el blanco y el negro, el reloj, mis ojos cansados por el contraste, mientras apuro la decisión de llamar o no a un amigo homosexual: no quiero que se enamore de mí, aunque es muy muy muy complicado. La Trilogía de Nueva York, producto de la cita, su devolución diez años después, decidirá. También decidirá la digestión pesada si lo echo a la calle. Me llama él. No me apetece nada trivializar. Y a este maricón le hace falta una mojada, de agua, llueve, a ver si espabila, tanto semen.
Transcurre un minuto insoportable.
No le ha gustado el libro. No lo ha leído. Los gays no tienen tiempo para leer. Le he sugerido sibilinamente recoger sus pasitos por la escalera. Soy un experto: -Me apetece estar solo -le he dicho-. ¿Lo coges? -haciendo el gesto del pulgar y el índice estirados, moviendo la muñeca. ¿Lo coges?- le he vuelto a repetir. 
Portazo.

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